“Big data” y Dios / En la opinión de Fabrizio Mejía Madrid

Fabrizio Mejía Madrid / APRO / MX Político.-  Con los “macrodatos” de 2014 –nos dice Google– podrían hacerse 4 mil 500 filas de libros apilados de aquí al Sol. Cada día se crean 2.5 trillones de bytes. En esos miles de millones de datos que se obtienen de la recolección masiva de registros, descargas, archivos compartidos, mensajes de texto e imagen, se supone que, por fin, vamos a saber algo. ¿Sobre qué? 

Posiblemente, dicen los informáticos, sobre cosas tan disímbolas como el consumo, las preferencias, los sistemas financieros, los terroristas, el clima. Descubriremos patrones que nos permitan anticipar lo que sucederá. Son tan precisos como cuando veo una película que se llamó Los cuatro jinetes del apocalipsis y el delirio de los algoritmos me recomienda que también vea una sobre la mafia del hipódromo. 

En los big data se asoma la cara del Dios de la era digital: nos conoceremos finalmente en un encuentro en el que, de procesarse todo, entenderíamos por fin la forma del mundo.

Podremos predecir lo que ocurrirá de acuerdo con una exploración paso por paso acotada a cierto procedimiento, es decir, a lo que ahora llamamos “algoritmo”. Hay mucho de misticismo en lo que creemos que una masa trillonaria de bytes nos puede decir. Pero a lo mejor es una nueva secta de creyentes en los poderes sanadores de lo digital, como hubo hace apenas 30 años entre quienes creyeron fervientemente en “el final de la Historia” y, hace 50, en las ventajas de comer espirulina. 


En su más reciente ensayo, La actualidad innombrable, Roberto Calasso cuenta la historia de lo binario, mantra de nuestra vida digital. En 1700 el matemático alemán Gottfried Leibniz le escribe a los jesuitas franceses que están de misioneros en China. Su idea es que, además de comerciar con los chinos, Europa podría establecer un lenguaje universal para entender las culturas del mundo. Admirador del imperio chino, Leibniz propone compartir con el emperador y sus consejeros el hecho de que la numeración binaria, el 0 y el 1, son lo mismo que los hexagramas de los chinos, esas líneas apiladas que a veces están completas y, otras, cortadas. 

Ese podía ser el idioma común entre Oriente y Occidente, según el optimismo de Leibniz. Ayudaría además a explicarle a China una idea occidental: “Que la nada y Dios son el origen de todas las cosas. Que Dios creó todo de la nada”. 

A los chinos, que creen en el agua como “la suavidad que destruye lo fuerte”, la idea de la nada les resultó un tanto ingenua. Con la otra pretensión de Leibniz, la de pensar en los hexagramas como números y no como significados, debieron dibujarse sonrisas en los rostros de los mandarines –dice, en Oriente y Occidente, el matemático y estudioso de las místicas taoístas René Guénon–, pues aunque parecen números, los hexagramas simbolizan estados de metamorfosis en la naturaleza que se usan como formas de adivinar el futuro. 

En donde Leibniz vio un sistema para contar, los chinos consultaban el I Ching con preguntas para el oráculo con tres monedas, que les decía cosas como “El Sol acaba de ponerse y otro ha salido ya”. 

Los hexagramas estaban excedidos justo de significados, a tal grado que podían servir para adivinar las metamorfosis del presente en el tiempo. Justo lo que no era la numeración binaria hasta que el matemático Gregory Chaitin, en 1960, anunció que los algoritmos eran la única vía para entender algo, acotado, en procedimientos en los que cada paso es independiente. Con el desarrollo de los datos, su registro, almacenamiento y transmisión, lo binario acabó aspirando a ser el I Ching, a acceder a un pronóstico de lo que nos sucederá en el futuro. 

Calasso apunta con cierta ironía: “Lo digital es el asalto más grave que haya sufrido la inclinación a exponerse al choque de lo desconocido. La red ha obligado a todos a cargar con un enorme saber que no sabe”. En efecto, la idea de que si acumulamos muchos bytes, encontraremos patrones de solución a lo caótico se basa en un malentendido, está fundado en un equívoco: que la conciencia es algo discontinuo, hecho de paquetes de información procedimentales y no justo lo contrario, un continuo que nos permite tener memoria, narrar el tiempo, arriesgar y decidir. No pensamos siempre igual porque no sentimos siempre igual. 

Escribe Calasso sobre ese malentendido monumental sobre el que se asientan los macrodatos: 

“La información no puede ser más que acotada. La conciencia, por el contrario, es una mezcla de discontinuidades y permanencias. Pertenece a un sustrato no autosuficiente, con orificios a través de los que respira y evacua, dependiendo a cada instante del mundo exterior. La información tiende al autismo. Sólo necesita de una toma de corriente y es indefinidamente larga, a fin de aplanar todo sentimiento trágico de la existencia”. 

Para los creyentes en los big data la idea de que puede conocerse una conciencia humana a partir de los datos que va buscando, almacenando, desechando, aprobando y pasando por alto, nos remite a la casi patológica necesidad de Occidente de reducir una solución a un conjunto de procedimientos. Esto, nos dice Calasso, no es más que la aparición de lo ritual en el seno de nuestras sociedades seculares. 

Y si no, ¿cómo explicarnos el terror de los banqueros a que el gobierno “se salga de la disciplina fiscal y monetaria”, sino como el miedo a lo desconocido sin un ritual que nos regrese la confianza? ¿Cómo explicar que los procedimientos democráticos son todo lo que la democracia es? Ahora se nos conforta con la idea de que, ante lo impredecible del clima, las finanzas, los ataques terroristas, la acumulación de trillones de bytes nos va a mostrar algo significativo. Pero gracias a Leibniz sabemos que los números no tienen significado alguno por sí mismos y que la conciencia no es una suma de procedimientos predeterminados. 

Sin la conciencia y su talento para fabular, el Apocalipsis y el hipódromo no tienen ninguna relación más que de contigüidad porque en ambos hay caballos. 

La otra historia de nuestras reducciones, de la idea de que lo humano puede tener una solución que no hemos encontrado por falta de tiempo, es la de las sociedades cuyo objetivo es la felicidad. 

En Metafísica de la felicidad real, Alain Badiou expone la diferencia entre las dos felicidades: la real y la mera satisfacción. En esta última es en la que pensaban los Padres Fundadores cuando redactaron la Declaración de Independencia de Estados Unidos de América, basados en que la búsqueda de la felicidad era un derecho inalienable de todo hombre. 

Es curioso que esa declaración que parece tan democrática la encontremos casi calcada en el manual del terrorismo de Serguéi Necháyev, pero también en el filósofo Claude Adrien Helvétius, quien creía que el placer egoísta y el miedo al dolor movían a todo ser humano, y en el filósofo escocés Francis Hutcheson, quien acuñó el objetivo último de la política: “La máxima felicidad para el mayor número”. 

¿Cómo se medía esa felicidad? Por supuesto se preguntaban por su prima, el bienestar, la sensación de la vida tranquila. Jeremy Bentham –quien todo lo medía– inventó una manera de calcular la felicidad y encontró el dinero. El ingreso y el ahorro eran el modo de medir qué tantos y en qué nivel estaban felices. Otra vez, los números trataron de sustituir el sentido. Como en el caso de los big data, de los macrodatos o del ingreso per cápita de Bentham, se trató de abarcar todo lo humano en un resultado procedimental. 

De la felicidad “real” Badiou escribe: “El deseo de felicidad no es una necesidad. Existe dentro de un movimiento que siempre es una apuesta, un riesgo. Es una revuelta lógica ante un mundo que pretende erigirse como libre, como ya acabado”. 

Esa felicidad, por supuesto, es pensar. Acaso es a lo que se refiere esa línea de Stéphane Mallarmé: “Todo pensamiento emite un golpe de dados”. Esa contingencia, ese riesgo de enfrentar el mundo y a lo que se nos dé pensar de él, es justo lo que los macrodatos quisieran aplastar. Pero no puede esa ser la cara del devenir. Con Mallarmé prefiero que la felicidad sea esa experiencia gozosa de interrumpir nuestra propia finitud.

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